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Vamos a estudiar algunos pasajes de tres de las epístolas del Nuevo Testamento – 1 y 2 Timoteo y Tito – porque en ellas nos dice cuál debiera ser el ministerio y la estructura organizacional de la iglesia. Timoteo y Tito eran evangelistas. En la iglesia naciente un evangelista era un líder dedicado a fundar iglesias que iba a un área donde no había cristianos, ganaba a algunos para Cristo y establecía una congregación. Por lo general solía permanecer con la congregación durante un año, o a veces algo más, hasta que les había enseñado todo lo necesario. Cuando algunos de los miembros habían madurado lo suficiente, entonces elegía ancianos para que cuidaran de la iglesia en aquella ciudad y siguieran con la enseñanza. Luego él se trasladaba a otro lugar y empezaba de nuevo la obra de fundar una iglesia.

La tarea básica de la iglesia es enseñar sana doctrina. No es la de expresar las opiniones de un pastor, recitar ilustraciones desgarradoras que juegan con las emociones, recaudar fondos, presentar programas y entretener a la gente o dar devocionales semanales. En tito 2:1 Pablo escribe: “Pero tú habla lo que está acuerdo con la sana doctrina”.

Si queremos que la iglesia de Cristo Jesús esté protegida contra la falsa doctrina, los ancianos que la dirigen deben ser fieles en enseñar sana doctrina. Otras muchas cosas son también buenas, pero no son prioritarias. Como ministro de Jesucristo, soy primero y ante todo responsable ante Dios por la pureza de la iglesia y su protección contra la falsa doctrina. Todos los ministros del evangelio tendrán que responder ante Cristo por la fidelidad con que protegieron y alimentaron al rebaño. Lamentablemente, hay muchos pastores cuyas iglesias esperan que ellos hagan cualquier cosa excepto lo que Cristo quiere: Enseñar la Palabra de Dios. Sus energías las utilizan en muchos otros deberes pero no en su principal tarea.

Estos son algunos de los pasajes que encajan la predicación bíblica:

2 Timoteo 1:13-14: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros”. La palabra forma implica que la instrucción regular en la iglesia debiera ser la enseñanza de la sana doctrina.

2 Timoteo 2:1-2: “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros”. El pastor enseña a su congregación la sana doctrina a fin de que ellos se la puedan enseñar a otros.

2 Timoteo 2:15: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”. El ministerio eficaz se centra en la enseñanza de la doctrina, y la clave es el estudio diligente.

2 Timoteo 2:24-25: “Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad”.

2 Timoteo 3:14-17: ” Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Si deseamos que los cristianos lleguen a ser espiritualmente maduros, los lideres de la iglesia deben predicar de todas las Escrituras.

2 Timoteo 4:1-2: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”.

Así, pues, el ministerio de la iglesia es simple: Enseñar sana doctrina. La única manera en que podemos agradar al Señor y obedecer al Espíritu es predicar sana doctrina según el modelo de los primeros evangelistas.


Extraído del libro, “El Plan del Señor Para La Iglesia” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.


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